Llegó el momento de la verdad, los partidos a vida o muerte, la fase decisiva de la Eurocopa y España empezó a mostrar su mejor versión, la de los campeones, para plantarse en unas semifinales donde espera Cristiano Ronaldo.
El defensivo planteamiento de Laurent Blanc ayudó a La Roja a lograr el
primer triunfo (2-0) de su historia ante los galos en partido oficial. Francia perdió su identidad con hasta ocho futbolistas pendientes de controlar el juego de pases español.
Los atacantes españoles encontraron los espacios entre líneas, a la
espalda de los medios franceses. Iniesta, Xavi, Cesc y Silva fueron
letales en esa zona, combinando con una rapidez tremenda, abriendo
huecos en la poblada defensa bleu. Ante tanto toque, tanta
combinación en corto y horizontal, seguía faltando alguien a quien darle
el balón al espacio, en profundidad, algún extremo que lanzara
diagonales letales. Sin esa baza, la lata se tuvo que romper por los
costados.
Una cabalgada de Jordi Alba, una de las pocas
incursiones del lateral izquierdo español en ataque, sorprendió a
Francia, la última selección que ha eliminado al combinado español en un
gran torneo (Mundial 2006). Blanc había programado un dique de
contención en esa banda, situando los defensas Reveillere y Debuchy para
controlar a Iniesta y al valencianista.
Pero Alba estuvo imparable. Llegó con rapidez, aguantó las entradas rivales y esperó. Espero hasta encontrar a Xabi Alonso
(que cumplía su partido 100 con La Roja) en el segundo palo. El
tolosarra, un coloso ante los franceses por su capacidad defensiva y
organizativa, se desmelenó en ataque llegando a donde nadie le esperaba y
cabeceó el balón al único hueco que dejó libre Lloris.
Aun no
se había llegado al minuto 20 y España ya había hecho saltar por los
aires todo el entramado defensivo planeado por Blanc. El seleccionador
galo dio por hecha la inferioridad técnica de su equipo, asumió que
nunca le podrían quitar el balón a España y optó por encerrarse en su
campo y esperar una genialidad de Benzema o Ribery en rápidos
contragolpes.
En el banquillo dejó a Nasri, Alou Diarrá y Ben
Arfa, los tres principales protagonistas de la bronca en el vestuario
francés tras la inesperada derrota ante la eliminada Suecia. Perder
aquel encuentro condenó a los bleus a un duelo a muerte con La Roja, uno de los rivales más complicados del torneo.
Del Bosque apostó de nuevo por el once titular que empató con Italia,
con Cesc como 'falso 9'. Y España siguió mostrando sus mejores
virtudes: control del balón (55% de posesión), movilidad, talento y
eficiencia defensiva. Aunque le siguió faltando profundidad. A Del
Bosque le gusta nadar y guardar la ropa y solo apostó por la
verticalidad de Pedro y Torres en los instantes finales del partido.
El defensivo equipo francés fue incapaz de frenar el juego al primer
toque de una España muy bien posicionada sobre el campo, con
superioridad por dentro y que siempre tenía a Arbeloa como solución para
descargar hacia afuera. El balón circulaba a mucha velocidad y
desestabilizó la zaga bleu.
Blanc renunció a que su equipo fuera él mismo. Sus cambios le
hicieron perder identidad y eso benefició a su rival, que dominó casi a
placer y solo permitió un disparo a puerta de Francia en todo el
encuentro.
La entrada de Pedro aportó nuevos bríos al ataque español. Con su
velocidad, el canario quebró varias veces la cintura de los zagueros
franceses y acabó provocando el penalti que permitió a Xabi Alonso
cerrar con un doblete su excelente actuación, llena de inteligencia
táctica y despliegue físico. La maldición de los cuartos lleva ya años
enterrada.
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